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Roca Rey: Madrid se rinde al número uno

Roca Rey, a hombros en Las Ventas – El «VAR» del tendido

Una señora ofreció a su marido un lexatín: «¡Te va a dar algo, Manolo!». «Pues que me entierren, que ya me puedo morir tranquilo, he visto al número uno», respondió tras ver la faena del peruano, que pone la reventa por las nubes

Brindis del Rey a Rey: «Majestad, por usted, por los países taurinos, sus tradiciones y su juventud»

Si no fuera por la multitud, la escena entre aquel reventa con bigote y un cazador de entradas de última hora parecía sacada de un western. Quería cuatro, y le soplaban quinientos euros por cada boleto. «¿Sabes que tu cara se parece a la de uno que me va a pagar 2.000 dólares?», le faltó decir al que pedía aquella cifra estratosférica por entradas que no costaban ni 60 euros la pieza. El gesto del otro también era propio de una legendaria película de Clint Eastwood: «Sí, pero tú no te pareces al que los va a cobrar». Y buscó en otro lugar. El espabilado reventa se topó luego con un mexicano desesperado por entrar en la corrida. ¿Va a desembolsar usted 500 euros por una que vale cincuenta y tantos?, le pregunté mientras observaba una broncínea Guadalupana que le colgaba del pecho. «Por Roca empeño la medalla si hace falta». Y allí se quedó, entre el gentío que se agolpaba en los alrededores de Las Ventas.

Don Juan Carlos, que recibió el brindis de la terna, con la Infanta Elena –

La calle Alcalá era un hervidero. Un nombre en la boca: Andrés Roca Rey, la figura del bombo de San Isidro, en un cartel de máxima expectación: en 24 horas colgó el «No hay billetes» y en veinte minutos reventó Madrid y plantó el mundo a sus pies. «Por lo civil o por lo criminal -comentaron en una grada-» y, sobre todo, por un toreo superlativo. «Ha estado cumbre», resumió el ganadero y empresario Eduardo Lozano, que puso titular a la tarde: «La suerte del campeón, con un mansito que ha roto a bueno».

De canela y oro iba el peruano en su primer paseíllo. Y canela en rama su valor, en taquilla y en el ruedo. Un valor para formar un ejército. Cuando dio la bienvenida al sobrero, se cortaba la respiración. El Jaguar del Perú asustaba a barreras y contrabarreras, a Gabi y Koke, a Cayetano Martínez de Irujo y Santiago Abascal, al que coreaban «¡presidente, presidente!» en la bocana del «1». Roca daba canguelo al propio miedo. El limeño se marchó con el capote a la espalda a esa soledad infinita que es la libertad. «Carcelero», que así se llamaba el de Conde de Mayalde, no le perdonó tanta exposición y lo prendió de manera violentísima, con su geniuda viveza de salida. Entre un angustioso «¡ay!» de los rebosantes tendidos, le rajó el vestido desde la cintura a la rodilla. Con una herida de seis centímetros que lesionaba la musculatura isquiotibial, regresó a la cara del rival. Lo miró desafiante, en una especie de «este duelo lo gano yo». Cojeando ostensiblemente, cruzó el ruedo para brindar a Don Juan Carlos, acompañado por la Infanta Elena, en la meseta de toriles. De Rey a Rey, en medio de los ¡vivas» a España: «Majestad, es un honor brindarle la muerte de este toro. Va por usted, por los países taurinos, sus tradiciones y su juventud». La juventud y el futuro que arrastra Roca a las plazas. Bienvenidos sean.

Una fiesta de pañuelos blancos

Pero la obra grande estaba por llegar en el estupendo sexto. Tras ser intervenido en la enfermería, tiró de su madera de figura para dar cuenta de «Maderero»: «Este tío es de otra galaxia», gritó uno. Y eso que aún no se había puesto a torear. ¡Y de qué manera! Bramaba Madrid con el mandamás de la clase taurina. Barría la arena, ralentizaba el tiempo y se fajaba aplomado y profundo con el parladé, que rompió a bueno mientras le ofrecía su «yo» más íntimo. Era uno de esos días en los que, como confesó en una reciente entrevista con ABC, uno está «dispuesto a morir». La guerra podía esperar: allí se rodaba un emocionante romance entre toro y matador. Crujían hasta las piedras de Las Ventas por monumentales derechazos y naturales. Las más de 23.000 almas se frotaban los ojos con aquellas bernadinas imposibles… De infarto. Cómo sería la cosa que una señora ofreció a su marido un lexatín: «¡Te va a dar algo, Manolo!». «Pues que me entierren, que ya me puedo morir tranquilo, he visto al número uno», espetó alzando el dedo a lo Luis Miguel. Todos empujaban la espada cuando el capitán del escalafón, con toda su arrogancia a cuestas bajo esa venda de soldado herido, se tiró a matar. La plaza era una fiesta de pañuelos blancos: dos orejas por unanimidad.

Al cielo con Roca, en el último San Isidro de El Cid, que por instantes reverdeció viejos laureles del clasicismo con un nobilísimo ejemplar. El de Salteras tuvo el detalle de brindar a Gonzalo Caballero, en camilla: «Por Madrid, mi vida entera», escribió en sus redes. Vale la pena vivir por lo que vale la pena morir. Y Roca Rey, el número uno, lo sabe: «Estoy feliz», dijo mientras soñaba la realidad de aquella Puerta Grande. Y la reventa, también: disparada está para la cita con Adolfo. La fecha: el 30 de mayo.

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