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«Retablo» y «La biblioteca de agua», pongamos que hablan de Madrid

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La plaza de San Ildefonso en el barrio de Malasaña, escenario de «Retablo»LIBROS

Coinciden en las librerías dos libros de relatos, debidos a Marta Sanz y Clara Obligado, que, desde diferentes enfoques, son una homenaje a la capital de España

«Pude haber venido de las tierras altas, o acaso de las bajas, no recuerdo de cuáles. Pude haber venido de la ciudad, pero de qué ciudad en qué país es algo que no alcanzo a comprender. Pude haber venido de las afueras de una ciudad de la que otros han venido o tal vez de una ciudad de la que sólo yo he venido. ¿Quién sabe? ¿Quién decide si llovía o brillaba el sol? ¿Quién recuerda?».

Estos versos pertenecen al poema de Mark Strand «Cualquier lugar podría ser un lugar» y sirvan para adentrarnos en este lugar real y concreto que siempre se llama Madrid pero cuyo nombre esconde un sinfín de ciudades imaginadas, soñadas, perdidas, deseadas. Sobre la ciudad de Madrid, la de ahora, pero también y, sobre todo, sobre la que recordamos de cuando éramos otros -nosotros y las calles- pivotan dos libros de relatos de reciente aparición, «Retablo», de Marta Sanz, ilustrado por Fernando Vicente, y «La biblioteca de agua», de Clara Obligado. Valiéndose de su afilado sentido del humor y de su habitual manejo de la sátira, que recuerda a algunos de sus anteriores libros como «Black, black, black» o «Farándula», Sanz se sumerge en el lado más oscuro en «Retablo», libro que comprende dos historias que son un perverso homenaje al género negro, a la autora Patricia Highsmith en el caso del primer relato, «Extraños en un tren (versión amarilla)», y a un cuento de Ambrose Bierce en el segundo, «Jaboncillos dos de mayo».

Globalización

Ambos tienen un pie en el género del terror, pero son, esencialmente el retrato del centro de una ciudad, Madrid, de la colisión de dos mundos antagónicos, el de los supervivientes, y el de los nuevos inquilinos, terratenientes efímeros de Airbnb, tatuadores adictos al détox que hacen jabones naturales. «Retablo» da fe de los desastrosos efectos de la globalización, esa palabra gracias a la que el centro de Madrid puede parecerse al de Londres o el de Barcelona al de Berlín. Porque gracias a ese proceso de decoloración -colores que recuperan, por cierto, las espléndidas ilustraciones de Fernando Vicente-, el centro de Madrid, Malasaña, se ha quedado huérfano de esos bares de toda la vida, con sus altas barras de aluminio, sin torreznos y servilleteros metálicos con el «gracias por su visita» tatuado en un papel que bien podría ser de calcar.

Si Marta Sanz hace hincapié en el cambio, Clara Obligado se detiene en lo que permanece

Con maestría, como la grandísima retratista social que es, Sanz recrea esta nueva invasión de los ultracuerpos que son las franquicias y denuncia la trágica y terrorífica extinción de los comercios tradicionales, sustituidos de golpe por la siniestra moda del cupcake. En «Retablo», los lugares de siempre se transforman en otros completamente distintos y dejan de pertenecernos para convertirse en algo ajeno. Y eso sí que da miedo.

Si Marta Sanz hace especial hincapié en el cambio y en la colisión de dos mundos, en «La biblioteca de agua», Clara Obligado se detiene en lo que permanece. Con ese libro, la escritora argentina cierra un ciclo de tres obras que comenzó con «El libro de los viajes equivocados» y siguió con «La muerte juega a los dados», una trilogía que desdibuja las fronteras entre el relato y la novela.

Flores de cristal

Para empezar a adentrarnos en este Madrid de Clara Obligado, citar primero a Joaquín Sabina: «Me siento más madrileño que el alcalde de Madrid, porque los que han nacido en Madrid no han podido soñarla. Lo bueno es llegar con la boina y la maleta de cartón, y a los cinco minutos ser de Madrid». Y traer a colación estos versos para remarcar que este precioso y elaborado libro, homenaje a Madrid que puede leerse en dos direcciones y posee, por tanto, dos experiencias lectoras completamente distintas, tiene mucho de Madrid soñado, de Madrid deseado. La estructura palíndroma de «La biblioteca de agua» subraya la idea de que en la vida toda historia encierra las demás y está entrelazada. Así, los dieciocho relatos terminan armando un viaje literal y simbólico, un viaje a la ciudad de hoy vista desde los orígenes y al revés. En todas estas historias existe un nexo en común: la presencia del agua en cualquiera de sus formas.

Obligado revela un hecho sorprendente y que se aplica a los acontecimientos de estas historias: un científico japonés, Masaru Emoto, sostiene que el pensamiento influye sobre el agua, lo demuestra congelándola después de exponerla a diferentes emociones. Los recipientes que han estado en contacto con sentimientos nega- tivos dibujan cristales deformes y los que lo han estado con positivos, tallan sorprendentes flores de cristal. Nuestras vidas son ríos, son agua, dice Obligado, pero somos asimismo pensamiento, de ahí que cada uno seamos responsable, en parte, de la forma de los cristales que dibuja. Y si el 70 por ciento de nuestro cuerpo es agua, es normal también, como les ocurre a los personajes de estos relatos, que acabemos tomando la forma de lo que amamos. La forma, por ejemplo, de una ciudad. De Madrid.

«Retablo». Marta Sanz

Narrativa. Ilustraciones de F. Vicente. Páginas de Espuma, 2019. 93 páginas. 17 euros

«La biblioteca de agua». Clara Obligado

Narrativa. Páginas de Espuma, 2019. 184 páginas. 17 euros

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