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«Gloria Wandrous»: John O´Hara, el profesional

«Gloria Wandrous», de O´Hara, fue llevada al cine, protagonizada por Elizabeth TaylorLIBROS

Goza de la admiración de los grandes de las letras norteamericanas. Un clásico del que se edita una de sus más escabrosas novelas

«Para mí, O’Hara es el verdadero Fitzgerald», Fran Lebowitz. Y no fue la única en poner a O’Hara en un altar. Antes de ella gente como Hemingway y -lo siento, Fran- el verdadero Francis Scott Fitzgerald no dudaron en incorporarlo a su club cuando debutó por todo lo alto con «Cita en Samarra» (1934). Bienvenida que, enseguida, fue también la de «The New Yorker», donde O’Hara -junto a los otros dos Johns paradigmáticos del semanario, Cheever y Updike, fan confeso- se consagró como quien más firmó allí ayudando a patentar eso de la «New Yorker Fiction». Apenas un año más tarde de su gran estreno, O’Hara (Pennsylvania, 1905-New Jersey, 1970) publicaba la magnífica «Gloria Wandrous» y ya encaminaba una carrera como autor de «best-sellers» pero poco valorado porque -de nuevo Lebowitz- «cada una de las personas que lo conocía lo odiaba al instante».

Todo parece indicar que había razones de sobra: hijo de un médico de provincias, O’Hara se lanzó a la conquista del mundo con la pasión y el resentimiento de un desclasado. Su Pottsville natal se convirtió en la Gibbsville de varias de sus diecisiete novelas y de muchos de sus más de cuatrocientos relatos donde se vengó de todo y de todos. Una vez exitoso, O’Hara despreció y envidió a colegas, bebió de más y se peleó mucho. Y -aunque ganó el National Book Award e inspiró uno de los musicales clásicos de Broadway- murió sin entender cómo era posible que no le hubiesen dado el Nobel. Así, O’Hara -como tantos otros cazadores contemporáneos suyos de la Gran Novela Americana- acabó siendo, sí, un personaje de O’Hara. Y los autodestructivos personajes de O’Hara no solían ser muy agradables.

Un excelente autor dentro de una pésima persona. Murió sin entender cómo no tenía el Nobel

No tenía el romanticismo de Fitzgerald ni la potencia epifánica de Cheever (la serie «Mad Men» quería ser Cheever pero en realidad fue O’Hara) aunque sí era un dialoguista al nivel de Hemingway y era un maestro como Updike a la hora de contar el antes y el durante y el después del sexo. O’Hara era, sí, un excelente escritor dentro de una pésima persona.

Elizabeth Taylor

«Gloria Wandrous» contiene un gran personaje femenino (que le valió a Elizabeth Taylor un Oscar por su interpretación del protagónico en el filme homónimo de 1960) que no cae en los lugares comunes de la «femme fatale». Y es, también, un cadáver precioso en una playa de Long Island (inspirado en un caso real y nunca resuelto de la crónica roja neoyorquina). Aquí, una «chica de compañía» envuelta en una estructura sorprendentemente moderna para la época (con más de un guiño a lo John Dos Passos) y donde todos parecen ser pecadores o a punto de pecar.

Hay infidelidades y tríos y orgías y pederastia y un abrigo de visón más conflictivo que aquel anillo en la Tierra Media de Tolkien. Y hay, además, una curiosa y respetable elegancia para retratar tanta sordidez. O’Hara nunca condena, tan solo señala. O’Hara no es el verdadero Fitzgerald pero sí es un Fitzgerald en esteroides.

En su lápida se lee, bajo el nombre y las fechas, que «Fue un profesional». De acuerdo.

Como -con igual dedicación pero en diferente oficio- Gloria Wandrous.

«Gloria Wandrous». John O’Hara

Narrativa. Trad.: David Paradela. Contra, 2018. 278 páginas. 21,90 euros

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