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Frankenstein en la política

En contra de quienes advierten sobre los acuerdos entre dispares cabe preguntarse si la identidad monstruosa no será aquella que se aferra a la unidad y la pureza como únicas condiciones

Para Santos Juliá

Frankenstein vuelve a la política española de la mano de Pablo Casado. Sin ir más lejos, lo citó en el debate electoral del lunes. Con la utilización del mito creado por Mary Shelley en 1818 se trata de convocar, una vez más, todos los horrores contenidos en aquel monstruo que, casi en el momento mismo de nacer, se apropió del nombre de su creador. Esta lectura en clave política y conservadora no es un anacronismo. De hecho, fue la más cercana a la época en que nació el mito, mucho más que la lectura científica, popularizada sobre todo a finales del siglo XIX.

El mismo año de la primera versión teatral de Frankenstein, 1823, el ministro de Asuntos Exteriores británico, lord Canning, la utilizaba en un debate parlamentario sobre la abolición de la esclavitud. Con ella quería ilustrar el peligro de las buenas intenciones de un humanitarismo errado e irresponsable que amenazaba con conducir a una rebelión de consecuencias imprevistas: “Al tratar con el Negro estamos tratando con un ser que posee la forma y la fuerza de un hombre, pero cuyo intelecto es el de un niño. Liberarlo, con toda la fuerza física de su virilidad, sería como crear una criatura parecida a la de la ficción de un relato reciente”. Un relato que, mucho antes del cine, se hizo célebre a través de aquella adaptación dramática titulada significativamente Presumption, or the Fate of Frankenstein, que se mantuvo en escena hasta finales de siglo. Unos años después del discurso de Canning, Elizabeth Gaskell había publicado una novela de éxito titulada Mary Barton en la que —al tiempo que se iniciaba la confusión que aún hoy se mantiene entre el nombre del monstruo y el de su creador— se decía: “Las acciones de las masas iletradas me parecen tipificadas en las de Frankenstein, ese monstruo de tantas cualidades humanas y, sin embargo, sin alma y sin conocimiento de la diferencia entre lo bueno y lo malo”.

De esta forma, a lo largo de las grandes convulsiones políticas del siglo XIX, el uso político metafórico de Frankenstein se convirtió en recurrente enlazando, en una misma lectura, las inquietudes relativas al cambio social y político con la problemática derivada del desarrollo científico y tecnológico. En Victor Frankenstein, y en su empresa, ingeniería social, política y científica estarían estrechamente unidas en un proyecto común de alterar las bases de la antigua sociedad que algunos calificaron como aberrante, antinatural y monstruoso. Mary Shelley —hija de la pionera del feminismo anglosajón Mary Wollstonecraft y del filósofo radical William Godwin— se haría eco así de la convicción (posilustrada y posrevolucionaria) de que las fuerzas conjuradas para servir al proyecto del progreso, de la emancipación y de la ciencia se habían rebelado contra sus creadores, tornándose monstruosas, incontrolables e impredecibles. En esa lectura, Frankenstein contaría la historia del desencanto de los hijos de los radicales de la década de los años noventa del siglo XVIII respecto al proyecto ilustrado y revolucionario, a los sueños de la razón, que había animado a sus padres.

Esa lectura cautelar, sin embargo, no agota ni con mucho la complejidad (y la inquietud) del diálogo sin solución que se establece en las páginas del que su autora llamó “mi pequeño cuento de fantasmas”. De hecho, todo lo que ocurre y se dice en la obra de Mary Shelley cuestiona la posibilidad misma de establecer un juicio moral o político (respecto a la sociedad y sus individuos) que pueda considerarse, en algún sentido unívoco de la palabra, verdadero. Ahí reside, a mi juicio, su vitalidad y la profunda historicidad de los temores que suscitó y que, aún hoy, es capaz de seguir generando. ¿Qué ocurre cuando las utopías se convierten en distopías, cuando nuestros actos y las grandes esperanzas colectivas y personales tienen consecuencias imprevistas e indeseadas? ¿Qué ocurre —como escribió Isaiah Berlin hablando de la gran revolución romántica, a la que pertenece sin duda Frankenstein— con la posibilidad de que existan varias respuestas verdaderas, incompatibles entre sí, a una misma pregunta o a un mismo problema? ¿Acaso eso que llamamos Verdad o Identidad (cuando las pensamos con mayúsculas, absolutas y excluyentes) contienen inevitablemente un potencial monstruoso que convoca a la violencia?

Mary Shelley, como todos los románticos, estaba fascinada por el doble, por la idea misma de duplicidad, de indeterminación. En el análisis histórico de la situación política en España desde la Transición y, en concreto, del actual desafío independentista en Cataluña, habrá que hacer un elogio del Estado democrático español que creyó y cree posible combinar, y respetar, identidades diversas, cosiéndolas entre sí. También habrá que hablar del secuestro ideológico de una izquierda (a veces dudosamente democrática) que consideró y considera irrebatiblemente progresista apoyar con los ojos cerrados a ese nacionalismo alternativo que, en realidad, se ha convertido en el doble monstruoso del nacionalismo español excluyente y no democrático. La dispar composición social y política del movimiento —en las calles y en las universidades que se traicionan a sí mismas con la duplicidad más cobarde— demuestra que el proyecto de Artur Mas de evitar, agitando el fantasma de España, el colapso de Convergència ante la oleada de protestas populares por los efectos de la crisis económica, ha tenido éxito. Un partido corroído por la corrupción sistémica durante décadas de autonomía ha logrado desplazar la indignación social y las esperanzas frustradas hacia el espejismo interclasista y supuestamente armónico de La Nación como solución final.

Frente a ello, y a sus dobles políticos igualmente monstruosos, el relato de Mary Shelley vuelve de una manera que, probablemente, no es la que invoca el líder del Partido Popular. Vuelve para recordar que la utopía de las identidades excluyentes, fijas y delimitadas, como lugares de creación del orden, la armonía y la unidad, esconde el corazón de las tinieblas. La criatura sin nombre que creó Victor Frankenstein invocando las mejores intenciones —“una nueva especie me bendeciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia”— advierte que todos somos híbridos, mestizos, impuros, hechos de partes cosidas entre sí. Su voz acoge también las voces de los que se preguntan si acaso la identidad monstruosa no será aquella que se aferra a la unidad, a la pureza y a la armonía como únicas condiciones posibles de lo bello y de lo bueno. Frente a esa utopía (que inevitablemente convoca a la violencia) resuena todavía el eco de aquel que, cuando acaba la novela de Mary Shelley, “se pierde en la oscuridad y en la distancia”, pero no en el silencio.

Isabel Burdiel es historiadora.

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