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El patio de recreo

Los debates en televisión tienen más que ver con el espectáculo que la cultura democrática

El asunto central de uno de los bloques del debate del pasado lunes tenía que ver con la calidad democrática. Ninguno de los políticos que participaron aprovechó la oportunidad para decir que lo que estaba ocurriendo ahí no tenía mucho que ver con esa cuestión. Damas y caballeros, podían haber advertido, estamos en televisión y lo que estamos haciendo es puro espectáculo. A los periodistas que moderaban las intervenciones de los candidatos se les llegó a proponer que no hicieran preguntas. Todo estaba pactado: bloques, asuntos, posiciones en el plató, turnos, tiempos. Y es lógico que así sea. Es necesario establecer las reglas del juego, marcar las pautas y los tiempos, escribir el guion. Luego se levanta el telón y el show empieza.

El argumento de esta pieza televisiva es un clásico: todos se pelean, unos contra otros. Tarde o temprano saldrá un ganador de esa trifulca, pero no al terminar el debate, sino más adelante: tras el recuento de votos cuando toque ir a las urnas. Así que hasta ese momento hay un final abierto y mucho margen para que la audiencia dispute, opine, se pelee, formule hipótesis disparatadas o se limite a cuchichear y a hacer risas. Esta vez dio mucho juego que uno de los candidatos dijera “mamada” en vez de “manada”, y que otro hubiera llevado un adoquín, sobre cuya procedencia se aventuraron algunas pistas.

Se da por hecho, es un acuerdo no escrito que todos comparten, que cuanto va a ocurrir durante el debate es de una importancia capital. De ahí la solemnidad del escenario y esos protocolos pelín pomposos. Es posible que haya quien se refiera a este tipo de productos televisivos como “citas históricas”, pero eso obedece al excesivo afán de protagonismo de la sociedad actual. La importancia de un debate como el del lunes está en realidad tasada. Un 7% de ciudadanos deciden su voto tras asistir al espectáculo. No es una cifra desdeñable.

Y, precisamente por eso, los responsables de orquestar lo que han de decir o callar los candidatos tienen estudiado cada detalle. El espectáculo no tiene nada que ver con una discusión sobre programas que pretenden dar respuesta a una realidad muy compleja. De lo que ahí se trata es de armar personajes para que conecten con la audiencia y establezcan algún vínculo emocional con aquellos que puedan inclinar la balanza y darles la victoria. Gestos, actitudes, mensajes, posiciones: los responsables de las campañas han hecho los deberes y lo tienen todo pautado. Por eso lo candidatos parecen a ratos monigotes despistados y torpes. Tanto es así que, cuando llega uno nuevo y coloca con naturalidad mensajes de extrema derecha, no terminan de reaccionar, no están preparados para hacerlo. Están en otra: ¿dónde miro?, ¿en qué momento coloco un zasca?, ¿cuándo me toca exhibir mi punto arrebatador?

En una sociedad de masas la televisión es imprescindible para que los mensajes políticos lleguen a la gente. Pero la construcción de una sólida cultura democrática está reñida con el mero espectáculo, y más todavía cuando se pretende que los periodistas no intervengan. El espectáculo tiene que existir, da mucho juego, pero su marco es el del patio de recreo. Por eso, incorporar a cada vez más personas en procesos donde sean los periodistas los que gobiernen —y no los asesores de imagen— y procuren contexto a las propuestas de los políticos contribuiría a consolidar esa cultura democrática que tanta falta hace.

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