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El mundo del libro en español, huérfano: muere el editor Claudio López de Lamadrid

Claudio López de Lamadrid, fotografiado en el Club Matador, durante la última Feria del Libro de Madrid –

Director editorial de Penguin Random House, falleció ayer en Barcelona a los 59 años a causa de un infarto cerebral

Lo escribió Joan Didion (Sacramento, California, 1934) en «El año del pensamiento mágico» (Literatura Random House): «La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba». A lo largo de los años, he leído el arranque de ese libro tantas veces que llegué a memorizar las frases y las convertí en una especie de mantra que me repetía, sin cesar, cada vez que debía enfrentarme a una pérdida. Otra más. Pero, ayer, ni siquiera logré recordar las palabras, ni el orden en el que aparecían escritas. El teléfono había sonado pasadas las cinco de la tarde. Una hora después, la noticia que esperabas se quedara en un susto se convertía en el más terrible de los pesares: Claudio López de Lamadrid había muerto. «Infarto cerebral masivo». No era verdad. No podía ser verdad. El periodismo debe siempre enfrentarse a los hechos, lidiar con ellos, con su veracidad, y contarlos. Pero, ¿cómo escribir de un amigo al que sabes que nunca más volverás a abrazar? ¿Cómo se despide, con palabras, a quien te enseñó a amarlas? No puedes. Y, sin embargo, aquí estoy. Porque él querría que estuviera. «Querida, ¿cuándo vas a ponerte a escribir? Escribe, tienes que escribir», me dijo tantas veces…

Vacío

La orfandad es un estado que no te abandona nunca y, desde ayer, todos los que, de una u otra manera, formamos parte de esa gran cofradía que es el mundo del libro en España e Hispanoamérica, somos huérfanos. Nadie podrá llenar, nunca, el vacío que Claudio deja en el sector editorial a este y al otro lado del charco. Hoy amanecemos con el corazón roto. EDITOR, con mayúsculas, supo transmitir su pasión literaria con generosidad y devoción. Empezó en el «negocio», que para él era una pasión, poco después de cumplir los dieciocho años, en Tusquets, de la mano de Beatriz de Moura y de su tío, Antonio López de Lamadrid, que le mandaron a París a trabajar, codo con codo, con el capo de la edición Christian Bourgois. Un bautizo que, sin duda, le marcó. De regreso en España, y tras pasar una década en Tusquets, tuvo tiempo de ejercer la crítica literaria, la traducción y hasta de crear, junto con Ignacio Echevarría, Galaxia Gutenberg para Círculo de Lectores.

Luego desembarcó en el grupo Grijalbo Mondadori, que, fusión mediante, terminó convertido en Random House Mondadori. Allí, además de trabajar en Lumen, creó el sello Literatura Mondadori, una de sus criaturas preferidas, de la que, sin duda, se sentía más orgulloso, y que conocemos como Literatura Random House. Hoy era (es, porque escribir en pasado nunca tuvo tan poco sentido) director editorial de Penguin Random House. Todos en ese grupo editorial, el mayor de España, junto con Planeta, le lloraron ayer, y seguirán haciéndolo durante mucho tiempo. A medida que la tarde iba tiñéndose de oscuro, en las sedes de Madrid y Barcelona, sus compañeros quisieron despedirle, cervezas mediante, recordando las mil y una anécdotas que vivieron con él. Galardones, ferias, presentaciones… Claudio era el alma de Penguin Random House. Cuesta imaginar cómo podrán entregar, el próximo 23 de enero, el premio Alfaguara sin él.

Por sus manos, de editor y amigo, pasaron todos los autores que han marcado las últimas décadas: García Márquez, Rushdie, Ellroy, Pamuk, Aira, Foster Wallace, Lobo Antunes, Cormac McCarthy, Cercas… También Philip Roth, del que se despidió en estas páginas, y Joan Didion. Que las palabras de esta escritora, enjuta y frágil, aparezcan al comienzo de este texto no es casualidad. Claudio guardaba, como un preciado tesoro que enseñaba siempre que podía, la fotografía que le hicieron, hace años, con ella, en Nueva York. Ella fue, de hecho, quien nos «presentó». Su lectura compartida y el amor por la tierruca (en Comillas era donde más feliz se sentía) fraguaron una amistad sincera, que ambos cuidábamos con esmero. Siempre que acudía a él, me socorría, personal y profesionalmente.

Él fue de las primeras personas, en este sector enviciado, que me dio la oportunidad de crecer. Gracias a él, mantuve dos de las mejores charlas de mi vida, con las que, sin duda, más aprendí:Rafael Sánchez Ferlosio y Salvador Pániker. Nunca me falló, y yo espero estar hoy a la altura. Con lágrimas en los ojos y los dedos agarrotados, pero a la altura. El jueves fue la última vez que hablamos. Le pedí, una vez más, un favor y él acudió, una vez más, solícito.

Me quedo con una imagen suya, congelada en mi memoria, de hace ya casi cuatro años. Era agosto, en una de las comidas que solía organizar, con amigos, en su casa de Comillas. Ángeles [González-Sinde] le cogió la mano, y él sonrió, sin miedo a ser feliz, amando con intensidad.

El sector, consternado: «¿Qué hacemos ahora? Qué desastre»

Los mensajes y las llamadas de duelo, de consuelo, se sucedían ayer. Escritores, editores, traductores, periodistas… Nadie daba crédito a las noticias que llegaban de Barcelona. «Me acabo de enterar y estoy temblando», me confesaba una de las autoras a las que Claudio descubrió. «Estamos petrificados. Un abrazo gigantesco», me escribía otra. «¿Qué hacemos ahora?», me preguntaba un amigo editor. «Qué desastre, Inés», me decía otro, cómplice de muchas correrías. La pérdida compartida como amparo, como refugio frente a lo inexplicable, frente a lo que no tiene sentido. Porque despertarse hoy sin Claudio, sin su sonrisa, sin sus ganas de vivir, carece de sentido. Twitter e Instagram –eran famosos, y envidiados, sus selfies con escritores– también se tiñeron del luto de los mensajes de despedida. Todos quisieron rendirle homenaje: Manuel Vilas, Samanta Schweblin, Fernando Aramburu, Elvira Navarro, Julián Herbert, Rafael Gumucio, Juan Pablo Villalobos, Marta Rivera de la Cruz, Blanca Rosa Roca… Más allá de las redes, Ray Loriga estaba destrozado. Julia Navarro, consternada. Y así, un sinfín.

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