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«El Congo es la versión superlativa de la tragedia y la belleza africanas»

David Van Reybrouck durante su reciente visita a Madrid – ENTREVISTA

El belga David Van Reybrouck entrega un épico reportaje al estilo Kapuscinski en «Congo», un viaje que desborda la geopolítica, la guerra y el desastre humanitario para centrarse en el retrato de un pueblo atrapado en la Historia

El caldo amarillento, ocre oxidado, tiñe las espumas marinas a lo largo de cientos de kilómetros. Dos días antes de llegar a tierra firme pasan flotando junto al barco gruesas matas de hierba, cepellones, árboles arrebatados a la sombría selva, islotes escupidos por el río que se mecen a merced de las olas. Es el Congo derramándose sobre el Atlántico, formando un inmenso abanico de turbidez. «Así empieza un país: mucho antes de alcanzar la costa, diluido en una gran cantidad de agua del océano», escribe David Van Reybrouck en Congo (Taurus), un monumental reportaje de 700 páginas. Una crónica excesiva para un país excesivo: en su tamaño, en su devastación, en su belleza. Metáfora de África y de la depredación de Occidente. Van Reybrouck (Brujas, 1971) saltó hace unos años a los titulares de prensa por Contra las elecciones, provocador ensayo donde proponía reinventar la democracia con la elección por sorteo. Ahora describe un viaje que desborda la geopolítica, la explotación económica, la guerra, el desastre humanitario; un retrato íntimo repleto de voces -ancianos y niños soldado, campesinos y comerciantes, caudillos y dictadores- de una nación atrapada siempre en las turbulencias de la historia, como víctima de una arcana maldición.

La mirada europea sobre África ha pasado del romanticismo de los exploradores a la codicia por sus recursos naturales y el temor a los flujos migratorios. ¿Ha sido siempre una mirada equivocada?

Sin duda. Nos fijamos sobre todo en la miseria africana. Es cierto que hay mucho de eso, y en mi libro queda patente, pero al mismo tiempo espero haber reflejado la extraordinaria resistencia de la gente a la desesperación.

¿Es la República Democrática del Congo con sus tragedias un paradigma de la historia africana?

Podría decirse que la suya es la versión superlativa de la tragedia. Es un país de extremos: superficie enorme [casi cinco veces España], ríos desmesurados, paisajes hermosísimos, multitud de grupos étnicos, de lenguas… y, al mismo tiempo, extremo en su miseria, en la violencia, en la obstinación por no mejorar. ¡Cuántas décadas de sufrimiento! Treinta y dos años con Mobutu, casi veinte con Kabila, antes la ocupación belga… También es superlativa su belleza, su abundancia. El Congo tiene todas las bazas para salir del atolladero, y ocurre justo lo contrario. Es la maldición de los recursos naturales. Quizá sería un país más estable y rico si hubiera vivido de la agricultura, si no tuviera tanto potencial mineral, porque los intereses de las multinacionales han debilitado el Estado y las únicas beneficiadas han sido las élites locales.

«He visto las dos caras de la humanidad: una violencia sexual atroz y la generosidad de Denis Mukwege, Nobel de la Paz»

¿Hubo un colonialismo belga de carácter distinto al de los demás?

Hay pocos estudios comparativos al respecto, cada país mira con su propio catalejo. Es extraño y triste que la perspectiva del pasado colonial siga siendo nacional. El colonialismo belga fue especialmente paternalista y tuvo una colaboración muy cercana con el capitalismo y la Iglesia. Todos querían que la población congoleña tuviera un cierto grado de alfabetización, pero que no estuviera cultivada en exceso, ni politizada, ni fuera crítica. Bélgica no tenía los medios militares para imponer su voluntad en un territorio tan vasto, su poder se creó por tanto en términos paternalistas y simbólicos.

La explotación del coltán ha derivado en un conflicto sangriento que ha provocado seis millones de muertos…

Es una cuestión muy compleja. Hay millones de personas que se ganan la vida con las minas y cerrarlas significaría condenarlas a la pobreza. La actividad es artesanal, no industrial, muchas veces son niños o adolescentes los que llevan a cabo el trabajo. Hay que certificar de dónde proviene el material, como se hizo para acabar con los llamados diamantes de sangre, y evitar así la explotación inhumana de estos recursos.

Congo. Una historia épica. D. Van Reybrouck. Taurus, 2019. 736 páginas. 24,90 euros. E-book: 12,99 euros

En su libro pone el foco en la gente. ¿Cómo es el pueblo congoleño, en qué tiene depositadas sus esperanzas?

Su perspectiva temporal es mañana, sobrevivir un día más. Me sorprende que no se hayan producido levantamientos populares violentos -ha habido algunos, pero tímidos, reprimidos enseguida-. Su desesperación es tal que no tiene energía para rebelarse y, paradójicamente, sigue siendo gente muy alegre. Justo lo contario que ocurre en Europa: aquí lo tenemos todo y estamos muy quemados. En el Congo he visto las dos caras de la humanidad: una violencia sexual atroz… y generosidad como la del ginecólogo Denis Mukwege, premio Nobel de la Paz, que atiende a mujeres víctimas de violaciones grupales. Lo cierto es que es difícil disfrutar de la belleza de los volcanes, ni siquiera como consuelo, en un país donde las mujeres son violadas en masa.

El Congo es uno de los países con mayor diversidad biológica del mundo. ¿Puede el turismo sostenible ser una oportunidad de futuro?

Es posible, pero mientras siga existiendo una economía militarizada, una piratería de carácter institucional y una creciente presión demográfica, hay poco que hacer. La situación de la selva, antes llena de vida, es dramática, se está talando a un ritmo brutal. Hace unos días un informe auspiciado por la ONU reveló que un millón de especies (de los ocho millones existentes en el planeta) podrían desaparecer en pocas décadas. ¿Cuántas de ellas están en el Congo? Muchísimas, sin duda.

«El corazón de las tinieblas de Conrad está en la mirada occidental que cree que todo en el Congo es tribal, primitivo, exótico»

¿Ha encontrado en sus viajes el corazón de las tinieblas?

Me encanta la novela de Joseph Conrad, aunque el título me resulta problemático porque tiene un punto de exotismo. Esa oscuridad existe, pero está más en el ojo del occidental que se niega a comprender que lo que ocurre en el Congo no es tribal, primitivo, exótico, sino que forma parte de lo que ocurre en un mundo globalizado.

Usted alterna pasajes terribles y luminosos.

El hecho de que exista tanta desgracia no significa que haya que hablar siempre en esos términos. Quería escribir un texto que describiera -desde la admiración, no desde la condescendencia- la belleza natural del país y la belleza moral de sus gentes.

En 2016 publicó en España «Contra las elecciones», dondesnudaba las debilidades de las democracias occidentales. ¿Cómo ve la situación ahora con el ascenso de los populismos y los nacionalismos y el fenómeno del Brexit?

Por desgracia, la tesis que defendía en el libro se está cumpliendo. Hemos reducido la democracia al ejercicio del voto. La gente se siente excluida, de ahí el Brexit, los chalecos amarillos en Francia, los partidos antisistema… Todo forma parte del mismo movimiento. En la comunidad germanófona de Bélgica hay un experimento de democracia participativa, la entidad federal más pequeña de Europa: han decidido crear un senado integrado por personas elegidas por sorteo. Hace unos meses, durante una visita a Bélgica del presidente de Francia, Emmanuel Macron, charlé con él sobre esta «revolución». Tomó notas y sus ministros empezaron a hablar en televisión sobre la posibilidad de crear una asamblea ciudadana, cuyos miembros serían elegidos por sorteo, para tratar el problema del cambio climático o las protestas de los chalecos amarillos. Es un comienzo.

Le supongo al corriente de la crisis provocada en España por el independentismo catalán.

Puedo entender que la gente tenga un sentimiento de pertenencia a algo, pero creo que el separatismo no es la respuesta. Vivimos en una época en que las empresas se unen para ser más poderosas y las naciones se desmembran. Con multinacionales cada vez más grandes y países más pequeños, sé quién va a ganar la batalla. No logro comprender de qué modo la independencia va a defender la causa de una Cataluña fuerte. Para solucionar el conflicto hay que ir más allá del discurso nosotros-vosotros.

Fosas para enterrar a víctimas del ébola en el Congo –

Lágrimas, fuego y sangre

La independencia del Congo tuvo lugar el 30 de junio de 1960, después de 75 años de colonialismo, primero bajo los intereses particulares del rey Leopoldo II y después los del Estado de Bélgica. Lograrla fue «una lucha de lágrimas, fuego y sangre», dijo aquel día el primer ministro del primer gobierno democrático del Congo, Patrice Lumumba, en uno de los discursos más celébres del siglo XX. Una arenga que, más que reconciliar, agitó los sentimientos de un país que contaba por millones las víctimas de los excesos del colonialismo y del capitalismo, que expoliaron sus riquezas -marfil, caucho, uranio (de allí procedía el de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima), cobalto, diamantes…- durante décadas. Lumumba denunció el pasado, pero también predijo, por desgracia, el futuro del país, que durante tres décadas estaría en manos de una «cleptocracia», liderada por el dictador Mobutu. Mientras que en 1998, el presidente Kabila lo llevaría a una segunda guerra civil, que desangró el país.

En «Congo. Una historia épica», publicado originalmente en 2010 y que llega ahora a España editado por Taurus, David Van Reybrouck expone y analiza las causas de las miserias de este país. A lo largo de más de 600 páginas, el autor teje un monumental relato, a caballo entre el ensayo y el reportaje periodístico, exhaustivamente documentado, que enriquece con brutales testimonios de testigos y protagonistas de la historia. Van Reybrouck, cuyo padre trabajó en el ferrocarril de Katanga, se ocupa en el texto tanto de la etnografía del país como del lugar que ocupó en la geopolítica mundial. Con un territorio cinco veces el tamaño de España, el Congo resultó fundamental en el devenir del siglo XX -fue uno de los actores en la Guerra Fría-. Hoy vive bajo la intestabilidad política y el horror del ébola. Por SUSANA GAVIÑA.

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