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«Cuéntame cómo pasó», «Vergüenza», «House of Cards», obsolescencia programada

La familia Alcántara, protagonista de «Cuéntame cómo pasó»EPISODIOS PERDIDOS

No todas las series tienen la misma genética. Algunas envejecen bien y otras están diseñadas para durar poco y la tentación de estirarlas suele acabar mal

Hay algo aún más difícil que crear una buena serie y es mantenerla viva sin que le salgan arrugas. Una vez perdido el factor sorpresa, una masilla provisional para tapar agujeros, lo que demanda el espectador resabiado es una quimera: más de lo mismo y a la vez otra cosa. Es increíble, pero a veces el milagro se concede.

En la rueda de estrenos sin fin que alimentan cadenas y plataformas, hemos visto en los últimos días (y descubriremos más en los próximos) ejemplos de lo complicado que es mantener en forma a los pequeños monstruos. Especialmente dañina es la maldición de las segundas partes, fenómeno que no es ajeno al cine y la literatura. Superado el hito de la segunda temporada en la evolución de una historia, algo se allana el camino, aunque muy pocas se perpetúan en el tiempo siendo fieles a su esencia.

«Cuéntame cómo pasó». El jueves se despidió de los espectadores de TVE la temporada número 19 de «Cuéntame cómo pasó», una de esas contadas excepciones que a veces, por falta de referentes, comparamos con la longevidad de los dibujos animados de «Los Simpson». Los Alcántara son tan imperfectos como nuestra familia y quizá por ello los hemos incorporado. Hay quien no se pierde un capítulo y quien los visita tan poco como a un pariente lejano. Ellos responden con la misma cordialidad. Sus miembros entran y salen, se marchan y vuelven, pero el núcleo es tan fuerte que lo resiste todo.

El año que viene no veremos a Karina ni a Carlos, nada menos que el narrador de la historia y protagonista fundacional. En el pasado hemos asistido a muertes, fugas y escándalos, dentro y fuera de la pantalla, pero la máquina es robusta, con un mantenimiento que no ofrecen todos los concesionarios. Si quisieran, serían eternos, porque los guionistas encontraron en los primeros tiempos la veta infinita de la verdad. Superaron las críticas más feroces y alguna campaña política, pero ellos se aferran a la vida y se marcharán del todo cuando les dé la gana o cuando, agotados, no tengan fuerzas para seguir.

El último episodio es un compendio de sus peores virtudes y mejores defectos. Es ñoño y emocionante, con actores que no terminan de convencer y con intérpretes de primera que no acaban de darse a conocer, así de puñetera es la industria. Pep Cruz, ya en los 70, da un recital como estrella invitada, y eso que se apea del barco menos que Chanquete. Quien quiera llorar, llorará.

«Vergüenza». La comedia de Juan Cavestany y Álvaro Fernández-Armero estrenó ayer en Movistar+ su segunda temporada, que en efecto será crítica. Los personajes acentúan sus taras y sus peripecias hay que seguirlas al bies. Sus capítulos vuelven a ser tan cortos como incómodos. Malena Alterio se mimetiza cada vez más con Javier Gutiérrez e incluso algún personaje nuevo los adelanta por el arcén, quizá el giro más peligroso de la historia. Quien la odió en su día, no aprenderá a quererla. La esperanza es que la descubran nuevos ojos sin prejuicios y que los fieles no pierdan la fe ni un humor de juzgado de guardia. Situaciones hay de sobra para reírse si no sobran los remilgos.

«House of cards». Más sufre la presidenta Robin Wright, casi tanto como «Narcos» sin el patrón. Salvó con coraje una nave de la que comían cientos de marineros, pero desde que tiraron por la borda a Kevin Spacey el relato zozobra. Más aún se nota, probablemente, la ausencia del armador, Beau Willimon. El creador fue fichado por Hulu, competencia directa y modesta de Netflix. A la princesa prometida le falta el cinismo de Francis Underwood. Sus miradas no atraviesan la cámara con la misma fuerza canalla. Era la mejor desde la segunda fila y la sucesión ha destapado otras necesidades. No es fácil decir esto sin ser acusado de algo feo.

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